Decía no hace mucho que éste iba a ser un año de grandes cambios. Los famosos dieciocho. Cuando te hablan de esta etapa, de este año, de esta edad, imaginas que los cambios que se supone que van a ocurrir en tu vida son externos, ajenos a ti, como si fueras el espectador de una película, como alguien que ve pasar los días, semanas, meses y estaciones sin envejecer. Nada más lejos de la realidad. El cambio no es externo, el que cambia eres tu. El mundo ha sido, es y será siempre así, pero tu forma de verlo se ve alterada con el paso de los años y las experiencias vividas. Ésta es la etapa de paso de lo sencillo, lo fácil a lo complejo, a los retos verdaderos. Tienes que enfrentarte a problemas y decisiones que van cobrando importancia y cada vez que te encaras a una de ellas, descubres el abismo que esconden tras de si.
Lo que realmente hace a un problema o a una decisión importantes es el peligro que encierran en el caso de no elegir el camino adecuado o que éste se tuerza a merced del destino y las circunstancias. El riesgo que nadie quiere, pero todos hemos de asumir. Es cuando conoces este nuevo riesgo cuando de verdad te das cuenta de en qué consiste la vida, el tejido que la conforma. Donde antes no había nada, ahora aparecen miles de condicionantes, una maraña de hilos interconectados de tal forma que, mal movidos, pueden romperse y desatar el caos. Las consecuencias y las responsabilidades crecen contigo y donde a lo lejos se vislumbraba prometedora libertad, ahora de cerca, encuentras cadenas y alambre de espino.
WTY