Mis dedos pasean por tu piel. Recorren cada centímetro de tu espalda, tus hombros, tus brazos y tus labios adivinando cada sensación, cada textura, el calor de un cuerpo, tus perfectas imperfecciones. Sorteo un lunar, siento la contracción de un músculo, se te erizan los pelos, veo tu abdomen elevarse y descender al compás tu respiración.
El tiempo ha dejado de existir. Los relojes se han dormido, los pájaros han quedado suspendidos en el cielo como títeres sin utilizar, una colilla caía al suelo tras sacudirse un cigarro y ahora permanece tendida en el aire, aún incandescente. Las olas del mar dejan de castigar por un segundo a las rocas en la orilla y al mismo tiempo alguien se ha quedado a medio parpadear.
El tiempo ha muerto, pero tú sigues respirando lento y periódico, consiguiendo casi hipnotizarme y hacerme olvidar, dejar la mente en blanco y hacer que me preocupe tan solo de sonreír levemente. Una imperceptible curvatura en mis labios que esconde un sinfín de sentimientos y sólo uno a la vez. Únicamente me tengo que preocupar de eso, de no cerrar los ojos por si los abro y no te encuentro, de no dejar de sentir tu piel, de no olvidarme y dejar yo también de respirar.
WTY

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